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Treasure Hunting in the Caribbean
The tiny island of St. Lucia is often overlooked by travelers seeking glitz, but this little gem is one of the finest in the Caribbean cache.
By Matt Katz
Perhaps it’s St. Lucia’s geographic variety, or the richly varied stew that is its unique culture, but for an island only 27 miles long and 14 miles wide, it seems immense. An example: one afternoon, I drove my rental car on the British side of the road, starting at the wind-ripped edge of the thrashing Atlantic, to an Indian restaurant in a French town overlooking the calm Caribbean, greeted along the way by locals speaking Creole patois.
St. Lucia began as the paradise that travelers today go there seeking. But the island’s first inhabitants, the peace loving Arawak Indians, didn’t last. The warrior Caribs moved in first, then came the inevitable arrival of European explorers. The tiny island has been treated a bit like a toy on a playground of selfish bullies. The English and French, in particular, played island tug-of-war with the same ferocity exhibited by spear-toting Caribs. Over 150 years, St. Lucia changed hands fourteen times before being ceded to the British, who finally granted its independence in 1979.
The wars left fortresses and relics behind that dot the idyllic landscape with bits of historical trivia. The intermingling of distinct cultures is, in fact, one of St. Lucia’s most intriguing qualities. It’s somewhat disorienting, really. The locals drive on the left and have a passion for cricket, but drink rum and listen to calypso, soca, and reggae. With me, they spoke English; but amongst themselves, it’s a multi-car pileup of languages—a high-speed wreck between French, English, and Caribbean patois.
On a map, St. Lucia is a mere dot marking the Caribbean’s eastern border, one of the windward islands of the Lesser Antilles. Big-name tourist destinations, like Barbados and Martinique, dominate the neighborhood, leaving St. Lucia happily overlooked. This is one of the little island’s most charming traits.
In natural beauty, St. Lucia seems like an island plucked from the South Pacific and set down in the Caribbean. Dramatic twin peaks, called the Pitons, ascend from its eastern shore, soaring 2,000 feet and setting off the island with a unique geographic character. It’s a place all at once gently kissed by the calm Caribbean and bear-hugged by the rough Atlantic, which is often a maelstrom of wind and waves.
In the shelter of the Pitons, magnificent rain forests bloom with wild orchids and colorful birds of paradise. Giant ferns cloak hidden worlds that crackle and sing jungle tunes. This is a landscape alive and richly varied, constantly sounding, yet mostly invisible.
Walking through the rainforest, I closed my eyes, listening to the music of Jacquots, a beautiful St. Lucian parrot with a cobalt blue forehead. But high above in the jungle canopy, they remained unseen. In such a place, you are at all times surrounded by life: giants like the Iguana, which grows up to six feet in length on St. Lucia, or tiny pygmy geckos, one of the island’s endemic species.
I’ve found that the world over, a place’s character is best observed at the local marketplace and the peoples’ favorite restaurants and bars. So, having explored St. Lucia’s beaches and rainforest interior, I wandered the open-air market in the city of Castries, reveling in the singsong patois of fish salesmen and fruit vendors. And in the village of Dennery, nestled in a cove along the eastern shore, I bought rum and sat with the fishermen, spending a languid afternoon playing dominoes and discussing everything from American politics to the morning catch of barracuda, tuna, and dorado. Foreign fishermen, they told me, come to St. Lucia seeking the legendary white marlin.
In the marketplace, surrounded by the music of people going about their normal routines, I sampled the national dish—Callaloo soup. The leafy green could very well have been spinach, and the marketplace with a colorful bounty of produce supplied by the island’s rich volcanic soil could have been anywhere in the world.
Come to think of it, the legend of the white marlin sounds suspiciously familiar to fish stories I’ve been told by fishermen everywhere from Chile to Java. The only difference is that this time it was spoken in Creole patois at a place called Dennery, where St. Lucia’s eastern edge drops into the open Atlantic.
For information about traveling to St. Lucia, visit www.stlucia.org or call toll free 1-800-4STLUCIA.
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Caza de Tesoros en el Caribe
La pequeñita isla de Santa Lucía generalmente es dejada de lado por los turistas que buscan ostentación, pero esta pequeña gema es uno de los más elegantes escondites del Caribe.
By Matt Katz
Quizás es la variedad de la geografía de Santa Lucía, o el rico estofado de variedades que forma su cultura tan única, pero para una isla de solamente 27 millas de largo y 14 millas de ancho, parece inmensa. Un ejemplo, una tarde, comencé conduciendo mi automóvil alquilado del lado inglés de la carretera, comenzando en el acantilado ventoso donde rompe el Atlántico, hasta un restaurante indio en la ciudad francesa sobre el calmo caribe, saludados a lo largo por la gente local hablando el dialecto criollo.
Santa Lucía comenzó siendo como un paraíso el cual hoy los turistas buscan. Pero la la falta de habitantes en la isla, la amante paz de los indios Arawak, no duró. Primero se mudó el guerrero Caribs, y luego la inevitable llegada de los exploradores europeos. La pequeña isla ha sido tratada un poco como un juguete en un campo de juego de chicos malos egoístas. El ingles y el francés, especialmente, jugaron en la isla la battalla naval con la misma ferocidad mostrada por el guerrero Caribs. Durante 150 años, Santa Lucía pasó de manos de unos a otros catorce veces antes de haber sido cedida a los británicos, quienes finalmente le otorgaron la independencia en 1979.
Las guerras dejaron detrás fuertes y reliquias que marcan el panorama del lugar con pedacitos de banalidades históricas. El enlace de culturas distintas es, en realidad, una de las características más intrigantes de Santa Lucía. En realidad, es un poco desorientante. Los locales conducen por la izquierda de la carretera y tienen pasión por el críquet, pero beben rum y escuchan calipso, soca y reggae. Conmigo, hablan en inglés; pero entre ellos, se arma una pila múltiples lenguajes –un naufragio a alta velocidad entre francés, inglés y dialecto caribeño.
En el mapa, Santa Lucía es solamente un punto que marca el borde más este del Caribe, una de las islas de las Pequeñas Antillas. Grandes nombres de destinos turísticos, como Barbados y Martinique, dominan el vecindario, dejando a Santa Lucía felizmente de lado. Este es una de los rasgos más atrayentes de la pequeña isla.
Con su belleza natural, Santa Lucía parece una isla arrancada del Pacífico Sur y tirada en el Caribe. Dramáticos picos, llamados los Pitons, ascienden desde la costa este, llegando a los 2,000 pies y dejando una isla con un carácter geográfico único. Es un lugar todo besado cariñosamente por el calmo Caribe y abrazado fuertemente por el poderoso Atlántico, el cual es a veces un torbellino de vientos y olas.
En el refugio de los Pitons, magníficos bosques tropicales nacen con orquídeas silvestres y un paraíso de pájaros de colores. Un gigante manto de helechos esconde mundos que crepitan y cantan tonadas de jungla. Es un paisaje vivo y rico en variedad, constantemente con sonido, pero la mayor parte invisible.
Caminando a través del bosque tropical, cerré mis ojos, escuchando la música de los Jacquots, un loro precioso de Santa Lucía con la frente azul cobalto. Pero bien arriba en la copa del bosque, permanecen sin ser vistos. En dicho lugar, uno está todo el tiempo rodeado de vida: gigantes como la iguana, que crece hasta seis pies de largo en Santa Lucía, o pequeños enanitos como los geckos, una de las especies endémicas de la isla.
Yo he descubierto que alrededor del mundo, el carácter de un lugar es mejor observado en la feria de compras local y en los restaurantes favoritos y bares. Entonces, habiendo explorado las playas y el interior del bosque tropical de Santa Lucía, me fui a pasear por el mercado al aire libere en la ciudad de Castries, revelándome el cantar del dialecto de los pescadores y los vendedores de frutas. Y en el pueblo de Dennery, nido en una ensenada a lo largo de la costa este, yo compré rum y me senté junto a los pescadores, pasando la lánguida tarde jugando domino y discutiendo sobre política americana hasta la pesca de la mañana de barracuda, atún y dorado. Me contaron que pescadores extranjeros vienen a Santa Lucía buscando el legendario marlin blanco.
En la feria de compras, rodeada por la música de la gente en sus rutinas normales, yo probé el plato nacional –la sopa de Callaloo. La verdura de hoja verde muy bien podría haber sido espinaca, y la feria de compras con la generosidad colorida de los productos administrados por el rico suelo volcánico de la isla podría haber estado en cualquier lado del mundo.
Llegue a pensar esto, la leyenda del marlin blanco suena sospechosamente familiar a las historias de peces que me contaron pescadores de todos lados desde Chile hasta Java. La única diferencia es que esta vez hablaban dialecto criollo en un lugar llamado Dennery, donde las puntas del extremo este se caen dentro del gran Atlántico.
Para información sobre viajes a Santa Lucía, viste la página www.stlucia.org o llame a la línea gratuita free 1-800-4STLUCIA.
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