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NORTHERN EXPOSURE

Traveling California’s Highway 1

By Matt Katz


The great north coast is California’s silent giant, a subtle whisper compared to the clamorous hustle and bustle down south that draws the lion’s share of attention from travelers. Home to the world’s tallest trees and a dramatic wave-sculpted coastline, northern California is a land of geographic extremes. The wonderful irony, however, is that the true wilderness north begins just beyond the metro glitz of the state’s finest city – San Francisco, a cache of urban culture deep enough to satisfy even the most sophisticated travelers.

A trip I’ve made regularly since childhood, the Nor Cal loop (up Highway 1, back down the 101) has become something of a personal pilgrimage. The nearby adventure begins as Highway 1 rounds the bend near Cayucos, about 20 minutes past San Luis Obispo, and winds off toward San Simeon. This region’s touristic icon is Hearst Castle – William Randolph’s self-indulgent monument to excess, but the real attraction here is the wide-open coast: gently rolling pastoral expanses burning yellow and red in fall, then popping with vibrant wildflower blooms come spring.

Further north, the road climbs and runs perilously close to the cliff’s edge. The rolling coastal plains turn to sheared-off mountains, and the sea is often a threatening maelstrom crashing chaotically against the rocks 1,200 feet below. For 90 miles, until reaching Carmel, the Big Sur coast humbles and overwhelms visitors with an indescribable presence. Generations of artists – painters, poets, writers, photographers – have been compelled to try and capture its spirit, but the unique splendor of the place cannot be duplicated. Big Sur is truly magical.

The central coast unofficially ends at San Francisco, about 150 miles above Big Sur. Parking is at a premium in this dynamic metropolitan maze, particularly downtown; this is no place for visitors unfamiliar with the area to be driving about.

A perfectly located hotel from which to venture out on foot exploring the city is The Handlery Union Square. Run by the same family since 1948, The Handlery lies smack in the heart of the theater and restaurant district. General Manager Jon Handlery, a third generation hotelier, lends authenticity to the familial ambience, and affordable family packages are regularly available (www.handlery.com).

Leaving San Francisco, crossing the Golden Gate Bridge northbound, one sees all at once the open Pacific to the left, east bay industrial harbors to the right, and downtown sky-scrapers shrinking ever smaller in the rear-view mirror. Straight ahead, 400 miles of wild coast await, dotted with quaint seaside towns that recall a bygone era in California’s history: Bodega Bay, Jenner, Fort Ross, Mendocino.

The landscape grows progressively hardier, with strands of scenic highway interwoven through deep redwood forests. Roads like the aptly named “Avenue of the Giants” wind humbling courses through trees the size of 30-story buildings. To the west, the land eventually succumbs to a merciless sea hammering against “The Lost Coast” – 80 miles of pristine shoreline hanging in geographic isolation where Highway 1 runs inland.

The rugged landscape can be lonely, but northern California is not entirely primitive. Restaurants and inns along the stretch of Highway 1 between San Francisco and the southern boundary of the Lost Coast are among California’s best. The picturesque hamlet of Mendocino, in particular, caters to a sophisticated clientele with fine dining and luxurious B&Bs. One that stands out is the Joshua Grindle Inn – a lovely old Victorian house converted into Mendocino’s only Four-Diamond inn, and a member of the exclusive Select Registry of distinguished North American properties.

In the timeless style of classic innkeepers, proprietors Cindy and Charles Reinhart live on-site with their daughter, Emily, and their pet cat, Basil. A family spirit warms the 19th century house, and the property’s unique charm is inspiring and contagious. Truth be told, it is quite easy to pass up the village’s art galleries, shops, and restaurants to simply nestle into a comfy garden chair with a good book (www.joshgrin.com).

This is, essentially, the character of California’s north coast. Beyond the wild geography, it is a relaxed state of mind; a slower pace than down south; a certain smell and feel, of redwood forest rain and a cushion of damp leaves underfoot; an enigmatic coast that compels artists to try capturing its spirit; and an indescribable energy that renders all visitors artists.


EXPOSICION NORTE

Viajando por la Autopista 1 de California

Por Matt Katz


La gran costa norte es el silencioso gigante de California, un delicado susurro comparado con el clamoroso bullicio y ajetreo de la costa sur en la cual la parte del gran león toma la mayor atención de los turistas.

Hogar de los árboles más altos del mundo y de una línea costera dramáticamente esculpida de oleaje, el norte de California es tierra de geografías extremas. La maravillosa ironía, sin embargo, es que la verdadera vida silvestre del norte comienza justo más allá de las luces glamorosas de la ciudad más elegante del estado-San Francisco, un centro de cultura urbana suficientemente profunda para satisfacer hasta a los turistas más sostificados.

Un viaje que hice regularmente desde mi niñez, el circuito Nor Cal (Autopista 1 norte, luego bajar por la 101) se ha convertido en algo de peregrinaje personal. La aventura cercana comienza cuando la Autopista 1 dobla cerca Cayucos, alrededor de 20 minutos después de San Luis Obispo, y se angosta hacia San Simeón. El icono turístico de esta región es el Castillo Hearts [Hearts Castle]- el monumento auto indulgente de William Randolph para el exceso, pero la verdadera atracción aquí es la costa totalmente abierta: el pastoral gentilmente enrollado expande amarillos quemados y rojos en el otoño, luego cuando llega la primera la primavera estalla con las flores silvestres vibrantes que florecen

Más al norte, la ruta escala y recorre cercanamente el perímetro del borde del acantilado. La costa enrollada simplemente gira compartiendo las montañas, y el océano a veces es amenazado por el torbellino rompiendo caóticamente contra las rocas a 1,200 pies abajo. Durante 90 millas, hasta llegar a Carmel, la costa Big Sur humilla y emociona a los visitantes con una presencia indescriptible. Generaciones de artistas –pintores, poetas, escritores, fotógrafos- se han sentido obligados a intentar y capturar su espíritu, pero el único esplendor del lugar no puede duplicarse. Big Sur es verdaderamente mágico.

La costa central inoficialmente termina en San Francisco, casi 150 millas sobre Big Sur. El estacionamiento es como un premio en este laberinto dinámicametne metropolitano, especialmente en el centro; este no es lugar para los visitantes en automóviles no familiarizados con el área.

Un hotel perfectamente ubicado desde el cual la aventura de explorar la ciudad a pie es: The Handlery Union Square. Conducido por la misma familia desde 1948. El Handlery se encuentra heroicamente en el corazón del distrito de teatros y restaurantes. El Gerente General Jon Handlery, la tercera generación hotelera, le da autenticidad al ambiente familiar, y regularmente se ofrecen paquetes familiares económicos (www.handlery.com).

Dejando San Francisco, cruzando el Puente Golden Gate hacia el norte, uno ve todo junto el Pacífico abierto a la izquierda, las marinas industriales de la bahía este a la derecha, y los céntricos rascacielos encogiendo a los más pequeños en el espejo retrovisor. Derecho adelante, esperan 400 millas de costa silvestre, marcada con puntos de pintorescas ciudades costeras que recuerdan la era pasada de la historia de California: Bodega Bay, Jenner, Fort Ross, Mendocino.

El paisaje crece progresivamente agresivo, con hebras de autopistas escénicas intertejidas a través de profundos bosques de secoyas. Caminos como el apropiadamente llamado “Avenida de los Gigantes” envuelve humildes cursos a través de los árboles del tamaño de edificios de 30 pisos. Al oeste, la tierra eventualmente se sucumbe al misericordioso océano golpeando contra “La Costa Perdida” [“The Lost Coast”] -80 millas de prístina línea costera que cuelga en la soledad geográfica donde la Autopista 1 cruza tierra adentro.

El accidentado paisaje puede ser solitario, pero el norte de California no es todo primitivo. Restaurantes y posadas a lo largo del trecho de la Autopista 1 entre San Francisco y el límite sur de la Costa Perdida están entre lo mejor de California. El pintoresco hamlet de Mendocino, especialmente, provee comidas a la clientela sostificada con finos comedores y elegantes B&B. Uno que sobresalta es el Joshua Grindle Inn –una preciosa antigua casa victoriana convertida en la única posada Four Diamond de Mendocino, y es miembro del exclusivo Registro Selecto [Select Registry] de las distinguidas propiedades de Norteamérica.

En el estilo sin tiempo de los clásicos porteros, los propietarios Cindy y Charles Reinhart viven en el lugar con su hija, Emily, y su mascota felina, Basil. El espíritu familiar entíbiese la casa del siglo 19, y el único encanto de la propiedad es inspirador y contagioso. Para decir la verdad, es muy fácil pasar de algo las galerías de arte, negocios y restaurantes de la villa, para simplemente acurrucarse en una silla cómoda de jardín con un buen libro (www.joshgrin.com).

Esto es, esencialmente, el carácter de la costa norte de California. Más allá de la geografía salvaje, hay un estado mental relajado; un ritmo mas lento que el de la costa sur; un cierto aroma y sentimiento a la lluvia del bosque de secoyas y un almohadón de hojas tibias en el piso; una costa enigmática que obliga a los artistas a intentar capturar el espíritu; y una energía indescriptible que se rinde a todos los artistas que la visitan.